FIESTA DE MUÑECAS

Una de las leyendas que definen a Valparaíso es la de doña Rosario y sus muñecas. El historador Víctor Rojas, narra este terrorífico mito después de un trabajo reseñando creencias y personajes populares de la ciudad porteña.

La casita es café y todavía puede verse en el Camino Cintura, hacia Perdices. Cuando hace años (hastiados del mal olor) los vecinos forzaron la puerta, descubrieron cuál era la misteriosa familia de la anciana que veían muerta en el sillón. Desde los dientes blancos y los cabellos negros hasta los cabellos blancos y los dientes negros, doña Rosario había sido una vecina demasiado amable: conversaba con cuantos avistaba en la calle, preguntándoles cosas sin importancia… y sus oyentes terminaban por dejarla, inventando apuros y compromisos urgentes.

Se rumoreaba, bromeando, que era algo bruja: tenía decenas de gatos y prefería no utilizar luz eléctrica, sino velas. De cuando en vez (si los niños no se tomaban la sopa) las mamás los amenazaban con llevarlos donde la vieja Charo: ellos, entonces, se acostumbraron a temer y odiar a esa señora decrépita, algo sucia, que insistía en ofrecerles dulces.

Un sábado doña Rosario compró alimentos para la semana y, comentando al almacenero que iba a recibir a unas familiares, unas hijas, se retiró a su hogar. No se le vio salir en varios días, aunque en el interior de su casita se escucharon voces de niñas junto al maullido de los gatos.

El viernes siguiente pidió fiado para el mes, explicando que debía atender a los suyos y no podía conversar más porque tenía apuro.  Esa noche hubo risas, rondas y bullicio como nunca en su hogar. Al contrario, los días siguientes fueron silenciosos. Fue a la semana que alguien percibió un olor desagradable, y días después (liderados por el almacenero) los vecinos forzaron la puerta y hallaron a la anciana, putrefacta en un sillón. A su lado, en sillas o sobre la mesa en que se advertían restos del último banquete, varias muñecas antiguas (con trozos de torta en la boca) miraban a los invasores de su paz. Si fue por demencia o por magia que esas muñecas vivieron, rieron alegres y acompañaron los últimos momentos de doña Rosario, si fue una fiesta de terror o de alegría, si alegraron a la anciana o la mataron, únicamente los gatos podrían contarlo. Pero, en los maullidos que aún se oyen en Camino Cintura, hacia Perdices, no es posible leer una respuesta.

*Este artículo fue sacado del libro ‘Valparaíso, el mito y sus leyendas’ de Víctor Rojas Farías. Entérate de más mitos y leyendas de Valparaíso aquí

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