Los Tres : La Cosa Perdida

Los Tres : La Cosa Perdida

LOS TRES : LA COSA PERDIDA

Está oscuro y las luces del teatro apuntan tenues al escenario vacío, como si estuviéramos en una de Lynch. Las puertas están cerradas y los pasillos sin luces, ambas señales inequívocas de que Algo Va a Pasar. De pronto el murmullo de la conversación pre-concierto se funde con el de una procesión que va entrando y que se toma el escenario marchando a ritmo de una tonada tradicional rusa. La fila de músicos culebrea, hace un círculo y luego desaparece. Se apagan todas las luces y no hay noción de más nada. Esto está pasando. 

El silencio antes de que suene la música es una mezcla entre expectación y entrega. Ahora es casi imperceptible, el audio digital quiere estar ahí antes de que alcancemos a pensar en echarlo de menos; pero los cassettes tenían esas primeras vueltas, esa pequeña distorsión de la cinta, esa demora entre el botón presionado y la cinta enganchada; los vinilos, el crujido de la aguda contra el surco semi vacío. Algo de eso tiene el silencio justo antes del concierto. 

Después, el momento. La oscuridad la cortan los reflectores, uno para cada miembro de la banda, iluminados según les toca entrar en escena. Primero Titae en el contrabajo, Pancho Molina haciendo sonar las baquetas atrás, el primer riff de Ángel Parra y después Álvaro con el edicto:

Hablen algo interesante, nos dijo

Un año antes de eso, en vez de comprarme el cassette, esperé un poco más, junté la plata y me compré el CD de “La Espada & La Pared”. Los CDs venían con la promesa de lo eterno, eran la primera manifestación física de lo digital en nuestras vidas y creíamos que iba a durar para siempre. Mi viejo renovó por tercera vez su colección de música. El LP, el cassette (que, sospechoso, no recibió siglas conmemorativas) el CD. Para entonces, el DVD ya había dado de baja al Laserdisc, como antes el VHS al Betamax; pero aun convivían con las cintas, como los compactos con los cassettes. Quizás todos podríamos convivir en paz y harmonía. Quizás. 

El sábado siete de julio de mil novecientos noventa y seis en el Teatro California Los Tres están pasando de Sudapara a Hojas de Té. No se nota que una canción tiene cuatro años más que la otra, porque los conciertos aplanan las discografías como la memoria aplana los recuerdos. Yo estaba ahí, Fila E, asiento 4; perdiéndome el partido de Chile con Ecuador porque este concierto era el último de los dos que agregaron después de llenar los tres primeros, aunque a estas alturas de la vida bien puede ser que todos mis recuerdos vengan no de la experiencia misma sino de las cintas grabadas de la radio, que son del concierto inmediatamente siguiente. Los pequeños desajustes, las cuerdas que no están del todo bien afinadas, los chistes antes de cada canción, todos los detalles que dan arraigo a la experiencia, me quedan más por la repetición de esos cassettes, en plural porque, como todo relato colectivo, el cassette definitivo teníamos que armarlo con la suma de los que cada una grabara en su radio. Un concierto dura más de una hora y cuando hicimos el catastro el lunes siguiente, algunos se habían perdido el comienzo, otros tenían una canción cortada a la mitad y otros no tenían el final; aunque siempre había uno que grabó usando una de esas cintas de cien minutos en las que siempre sobraba o faltaba espacio. El cassette de cien solo servía para dos cosas: para copiar el Álbum Blanco de los Beatles y para grabar conciertos de la radio. 

Hay un libro con las fotos que tomaba Titae durante las giras, conciertos, grabaciones, etc. Compilando distintas épocas y momentos, el libro funciona como un álbum de fotos perfecto, porque el álbum de fotos se parece más a un concierto que a un LP: también aplana la realidad y cierra la brecha entre varios puntos en el tiempo. En una página es 1989 y dos páginas más allá es 2006. Lanzamientos, entrevistas, aviones y aeropuertos, encontrones y desencuentros; cuántas cosas quedan plegadas entre una foto y otra. 

Veo las fotos a la luz de las noticias. Álvaro Henríquez transplantado de hígado, toda actividad de la banda suspendida. Hay veintidós años entre el concierto en el California y la noche en la que comentamos la noticia con los amigos. Por paradojal que parezca, estamos en un bar, hablando en voz baja, como si fuéramos a perturbar el post-operatorio. La música nos conecta a tal nivel, nos hace vibrar en la misma frecuencia y ese es un lazo que nunca se va del todo. Por eso hablamos en voz baja cuando el cantante está grave. 

Las fotos de Titae son análogas. Se nota en las posturas, en los borrones de movimiento, en la actitud de peluseo ante la cámara; un peluseo que es movimiento, no pose. La mayoría son fotos tomadas antes de que existiera el concepto de selfie; son fotos que no están para verlas en una pantalla pequeña y decir “ay, que salgo mal ¿tomémosla de nuevo?”. Son fotos para arrancarle un momento a la historia.

(Antes la gente creía que las fotos podían robar tu alma. Hoy la gente cree que las fotos pueden componer tu imagen y transformar tu realidad en un acto de magia fetichista. Una y otra no son excluyentes).

Hay felicidad en estas fotos. Antes del receso del 2000, después de volver a tocar; antes de pelearse mandándose recados en la prensa. Hay amor, hay compañía, hay un pasado que se ofrece como queriendo salir de la página. Hay vida, más vida que en videos y live photos.

El miércoles mis amigos en el bar están hablando del precio que paga la genialidad y los peajes que impone la vida del rock, a propósito del Álvaro y su salud. Hablan de algo interesante, sin duda. Alguien dice que el rock, como dios, murió y todavía no nos hemos dado cuenta.

Yo tenía diecisiete cuando salió el FOME. Cuando todos querían un disco más parecido al Unplugged – en definitiva, cuando todos querían que Los Tres se convirtieran en eternos proveedores de canciones para fogata – el grupo va y se despacha su mejor disco, más eléctrico, con un sonido más pulido y simplemente mejor que todo lo que habían hecho antes. Si eso no es rock, el rock donde está.

Yo tenía catorce cuando, antes de tocar “La Primera Vez” en el Court Central, Álvaro dice “Esta canción está dedicada a todos los milicos que están en la cárcel, y a todo el resto que debería estar” y lo siento como lo más rockero del mundo. Por la época, por el momento, y porque los milicos me daban miedo. Todavía me dan.

El concierto del noventa y seis va en su segundo encore, que es un cover de Copacabana con todos los invitados todos. Camilo Salinas, Toño Restucci, Javiera Parra, Esperanza Restucci, Claudio Morales. Algunos son nombres que voy a seguir escuchando con los años; con otros me vuelvo a encontrar recién en las fotos del libro. El efecto del álbum de fotos. Las fotos de Titae, los cassettes grabados de la radio; la propia memoria de los conciertos que se va desgastando, porque los recuerdos son más como una cinta magnetofónica que como un archivo digital. Se enredan los recuerdos y si uno no los cuida, bien puede terminar grabándoles algo encima.

En tiempos en los que todo vuelve con valor retro o vintage, en los que todo puede ser y será sampleado y remezclado, hay cosas que bien sabemos que ya no van a pasar, cosas que, simplemente, no pueden volver a pasar. Sea porque las condiciones ya no están, porque dependen de una ingenuidad que ya no puede recuperarse o porque, sencillamente, una vez abiertas ciertas puertas, cerrarlas no es opción. Los CDs son irrelevantes y las casas discográficas sufren mientras más y más artistas florecen felices bajo la distribución directa. Ya no tenemos más Una Gran Banda, que sea el referente indiscutible de una época, como lo fueron Los Tres. No tenemos discos, como concepto, ni álbumes – en tantos sentidos – pero tenemos una pléyade de singles y cantantes y canciones featuring alguien más. En buena hora, van cayendo los grandes discursos, va triunfando el pluralismo. Quizás algún día llegue la alegría. Quizás.

El teatro ya no se llama California. Pancho Molina no está en la batería, ni Angel Parra en la guitarra. Algunos milicos están en la cárcel, pero el resto sigue debiendo estar. Álvaro Heríquez se recupera, y los conciertos ya nadie los graba de la radio porque se pueden bajar, en perfecto audio, con las pistas ordenadas y codificadas, la información y las letras; y el setlist de varias noches de la misma gira. Yo no sé nada de esto el noventa y seis. No se nada de mucho y tampoco me importa porque la música suena y la banda está ahí, en el escenario. Es la última Mejor Banda de Todas. Son Los Tres.

 

Las fotos que informan esta crónica aparecen en el libro Los Tres de Roberto “Titae” Lindl. Encuéntralo aquí.

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La Maratón de los So and So

La Maratón de los So and So

LA MARATÓN DE LOS SO AND SO

Fieles al espíritu del rock ‘n’ roll, un grupo de jóvenes de Concepción se propuso romper con un récord mundial. Lo hicieron por una causa noble y también por el puro entusiasmo de la música. 

En octubre de 1967 la banda santiaguina Los Jockers tocó 53 horas seguidas en el subterráneo de una casa de discos ubicada en calle Ahumada al llegar a Huérfanos, rompiendo el record de horas consecutivas tocando, superando la marca previa del grupo holandés The Astrenauts.

Cuando la noticia llegó a Concepción, un grupo penquista se decidió a superarlos.

«Todo partió en una esquina conversando, después que todos nos habíamos enterado», señaló Javier Hinojosa, director y primera guitarra de So and So, el grupo que además componían el vocalista Efraín Maldonado; Miguel Guajardo, segunda guitarra y voz; Sergio Muñoz, bajista; Albéniz Vargas, batería, y Fernando Leiva, teclado.

Podía parecer un ardid promocional, pero la verdad es que  ya la banda se había formado para recaudar fondos para la Ciudad del Niño Ricardo Espinosa y la idea de batir el record seguiría la línea de las intenciones solidarias.

Dentro de la misma Ciudad del Niño había un grupo de muchachos que querían formar una banda, pero no tenían instrumentos, por lo que los So and So decidieron “tocar hasta que llegara la batería” – por antonomoasia lo más caro del rock –, además de reunir fondos para un par de salas.

Así de determinados y motivados, dejaron la fecha y el lugar sacramentado: sería el viernes 27 de octubre de 1967 pasada la medianoche, en los estudios de Radio Araucanía.

En Radio Araucanía, Javier Hinojosa (teclado), Juan Vargas (maracas), Omar Yáñez (bajo) y Sergio Muñoz (guitarra) en la jornada del récord.

«Fue una locura de cabros, ninguno dimensionó lo que significaba estar dos noches sin dormir. Lo vimos como… no sabría decirte, una choreza, pero como nos habíamos enterado de los grupos previos que habían hecho un récord pensamos que no debía ser tan complicado y por eso nos tiramos», señaló Sergio Muñoz.

El reloj iba avanzando y la gente iba llegando hasta el estudio y sus alrededores para animar al grupo. Todos querían ser testigos del momento y la radio se encargó de transmitirlo maratónicamente, sin interrupciones. Algunos subían hasta el tercer piso para mirar al grupo tocar. Dejaban dinero o alimentos en pos de Ciudad del Niño y bajaban por la otra escalera. Tanta fue la gente que llegó que Carabineros decidió suspender el tránsito por Barros Arana.

Los miembros se iban rotando para que uno de ellos pudiera salir a comer (en realidad a tomarse una Coca-Cola o un café) o ir al baño, pero nadie logró dormir. Un doctor hizo su aporte a la causa, evaluando rutinariamente los signos vitales de los músicos.

El lunes 30 de octubre a las 9:30 terminó el larguísimo concierto marcando 57 horas y 30 minutos, adueñándose del nuevo record mundial y consiguiendo una batería para la Ciudad del Niño Ricardo Espinosa. Y si bien descubieron a posteriori que, por ser ellos mismos menores de edad, el record no podía inscribirse en el Libro de Guiness, el acontecimiento se conoció en todo el país y The So and So salieron de gira al llegarles, en sus palabras, “ene pega”.

*Esta y más historias fundacionales de la música nacional le dan forma a ´ConcEnOff: Relatos de Rock Penquista´ de Ricardo Cárcamo y Ángel Rogel. Encuéntralo aquí.

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