Juan José Becerra : Toda la verdad

Juan José Becerra : Toda la verdad

JUAN JOSÉ BECERRA : TODA LA VERDAD

Juan José Becerra (Junín, 1965), periodista y escritor, es el autor de libros de ensayos como Grasa (2007), La vaca. Viaje a la pampa carnívora (2007), y Patriotas (2009); como también de novelas como Atlántida (2001), El espectáculo del tiempo (2015), y El artista más grande del mundo (2017). Presentamos a continuación un extracto de Toda la verdad, novela aparecida originalmente en 2010, que es su primer libro editado en Chile, y que entrega un claro ejemplo de porqué Becerra es una de las voces más importantes de la actual narrativa argentina. 

El ingeniero Antonio Miranda se fue de golpe. Desapareció. Dejó los autos, su cachorro Shar Pei todavía sin nombre, los teléfonos móviles que vibraban en la cintura enganchados a un arnés de metal forrado en cuero, las películas, los discos, su única hija, los álbumes fotográficos en los que —algo desteñidos— aún vivían sus muertos, las bebidas importadas, los bares del Bajo, el televisor de 108″, la cama king size con dosel de ñandutí, el club de golf donde dejó los palos y el proyecto a medio hacer de un edificio de veinte pisos sobre la Costanera Sur que se vendió completo, el día que se presentó la maqueta, a una agencia inmobiliaria movida en las sombras por el narcotráfico de Ciudad Juárez y, en la superficie, por un centro de llamadas con oficinas en Rosario.

Todo eso fue su vida anterior, en la que empleaba mucho dinero y varias horas del día para darle un mantenimiento (como una hoguera en la que se estuviera quemando una vida, el mantenimiento implicaba un metabolismo de consumo). Vivir esa vida era exclusivamente mantenerla, muchas veces por la fuerza invisible de la inercia, una fuerza que ya había hecho de una vez en el pasado y se prolongaba por la ruta de la intrascendencia.

Miranda no tuvo un plan. Simplemente se desvió de su ruta ordinaria y dejó atrás la ciudad. Caminando. De lo inesperado surgió un progreso lento y verdadero, lo contrario del progreso artificial del mundo que habitaba, y que estaba dado por el poder de su economía, o por aquel otro, sucedáneo pero más visible todavía, que irradiaba su figura al entrar al décimo piso del River Building de Puerto Madero, donde era Alguien: alguien para ser obedecido y recordado por sus empleados, siempre con una sombra de temor, lo único que finalmente quedaba en el recuerdo junto con la obligación de no demostrarlo, es decir, con los nuevos protocolos de la diplomacia laboral que reducen la brutalidad del amo al trato civilizado y un poco zombi del gerente.

Pero el progreso verdadero era verdadero por la escala insignificante en la que sucedía. Progresar, en esta nueva experiencia, era caminar hacia adelante como un vector humano salido de la antigüedad. Un paso, y luego otro, y otro más. Progresar era no regresar. Miranda avanzaba alejándose del resplandor de los edificios hacia la oscuridad del campo. Pero la oscuridad no se manifestaba en forma total porque la ruta era, además de la superficie plana en la que se deslizaban los vehículos, un hilo de luces fijas trazado en la noche. Hasta que se desvió de ese hilo, que había seguido por costumbre, la costumbre de vivir en base a referencias, se internó en un sembrado de maíz y desapareció del mapa.

Por el camino tiró el reloj —un Ingenieur, de IWC: su otro yo de acero— y el teléfono que le quedaba (lo hizo cuando oyó que del bolsillo de su pantalón se elevaba, en ondas distorsivas, la versión electrónica de una melodía muy actual) y, también, el saco con los documentos, la billetera y un pendrive inflado de planillas Excel y organigramas en Power Point. Lo iba haciendo sin conciencia, como si cambiara de piel por medio de gestos naturalizados del cuerpo que arrojaba sus lastres hacia los costados, y no para sentirse más liviano sino más puro.

Salió de la oscuridad para entrar al baño de una estación de servicio. Lo hizo por reflejo. Si antes había tomado la decisión definitiva de perderse en el maizal, un laberinto de tallos resecos iluminados por el baño fosforescente de la noche, esta segunda medida (asociada al error de la primera: no ir preventivamente al baño antes de una caminata prolongada) era solo provisoria. Podía regresar un millón de veces a las luces para abandonarlas cuando quisiera.

En algún momento el cansancio lo volteó y durmió unas horas en un claro de la siembra, vigilado de cerca por una patrulla de roedores enormes que se desplazaban por los surcos, tropezando con los terrones extraídos de la labranza como pequeños carros cruzando la montaña, y empleando sus silbidos de alerta y sus miradas infrarrojas a través de las cuales veían a lo lejos al ingeniero Miranda convertido un bulto con forma de M: la M de Miranda.

Antonio Miranda. Ingeniero. Para sus conocidos seguía siendo el de siempre; incluso lo ubicaban mentalmente en su piso de Avenida Del Libertador. Creían que podían adivinar en qué actividades estaría ocupando su tiempo porque el propio Miranda se había encargado de divulgarlas como un repertorio de falsa intimidad y extravagancia. Acostumbraba a dejar, al pasar, esporas afectadas de su identidad: hobbies, curiosidades corporales, relaciones, hábitos de consumo y fobias. En el imaginario de sus empleados y colegas, esa noche —era jueves— estaría en la reunión de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, la sociedad con la que colaboraba gestionando fondos en las gerencias de las empresas extranjeras. Esos detalles, que Miranda administraba como un dios alcanzable, le daban una imagen de magnate incapaz de descuidar los aspectos sensibles de la vida, en los que desembocaba como si se deslizara de un mundo a otro (de la caza mayor de inversiones a la pasión filantrópica).

Lo despertó el rumor de una cosechadora. Todavía era de noche. Los ejes de la máquina hacían girar unas jaulas de acero que despegaban los choclos con tirones mecánicos muy precisos, como si una inteligencia predadora, mucho más que una fuerza, pelara las plantas dejando a su paso un tendal de escoria vegetal, gusanos malheridos y una nube de gaviotas que se agredían en vuelo hacia la realidad insuficiente de sus dietas.

La luz de la máquina no dio sobre el cuerpo de Miranda sino más allá de él, blanqueándole el camino que debía seguir si lo que deseaba era un plan de salvación o fuga; y ante ese resplandor se paró de golpe, de frente, con todas las dudas de una presa silvestre frente a una bestia superior. Un reflejo, el segundo de la noche, pero de una naturaleza diferente a la del primero —como si saltara hacia otra órbita de sucesos— lo sacó de la huella de luz hacia un refugio de oscuridad. No era difícil perderse rápidamente de vista dada la torpeza de la máquina para moverse con soltura —toneladas de hierros balanceándose sobre trazos desparejos de tierra seca—, pero sí lo fue intuir el funcionamiento completo de la escena que se había presentado.

Sentado, y posiblemente lamiendo los beneficios de una beca internacional, en la comodidad sedentaria de un cuarto bien iluminado, cualquier idiota podría describir los detalles físicos y funcionales de una cosechadora, pero Miranda no estaba allí para pensar o recordar los hechos sino para protagonizarlos. Y en el corazón de los hechos, allí donde los hechos latían, lo que experimentó Miranda fue, en el único instante en el que las cosas sucedieron —y a partir de esa noche las cosas solo sucedieron, sin interpretaciones ni sentido, o con un sentido secreto que Miranda no formulaba—, la presencia de una amenaza (realidad y ambigüedad se cruzaron en un choque imperceptible de planetas).

Ni cosechadora rastrillando el campo, ni máquina atacando al hombre. No hubo materia o, si la hubo, detrás de la materia y la energía que la impulsaba se agitó el peligro general del que Miranda huyó. Le molestó ver que lo hacía en la misma dirección que las ratas, incluso siguiéndolas en su carrera hacia la oscuridad más profunda del maizal, como si las alimañas tuvieran en el cuerpo una cartografía milenaria de repliegue y la consultaran sin desesperación, caminando con sus pasos enfermizos hacia un territorio más seguro que no estaba dado por una arquitectura de fortaleza o de túneles sino, simplemente, por la distancia, una distancia exacta a partir de la cual el peligro desaparecía completamente. No hacía falta esconderse sino apartarse un poco. Esa era la lección sabia de las ratas —de una rata sola, a la que las demás seguían— que Miranda tomó al pie de la letra para luego seguir su curso hacia el interior más profundo de la pampa.

Ese día caminó sin detenerse. Apenas si se desvío algunos pasos a izquierda y derecha de su línea ondulante —él creía que era recta— para tomar agua de las canillas que resplandecían bajo el sol en las plazas de pueblo. Volvió a caer a la noche bajo la copa de un sauce eléctrico suelto en la llanura. Durmió varias horas. Un hilo de baba que salía de su boca se fue acumulando lentamente en el piso, formó un cuenco muy pequeño en la tierra y le embarró una mejilla durante los movimientos descontrolados del sueño. Se despertó con una memoria turbia del día anterior, pero mucho más turbia respecto del pasado que esas dos noches seguidas parecían estar empujando hacia atrás.

Entonces surgió la primera preocupación del presente: alimentarse.

*Extracto de “Toda la Verdad” de Juan José Becerra. Sigue el resto de la travesía del ingeniero Miranda aquí.

Compártelo con tus amigos

Poesía : Ketty Margarita Blanco

Poesía : Ketty Margarita Blanco

Poesía: Ketty Margarita Blanco

Ketty Margarita Blanco Zaldívar es una poeta y narradora cubana nacida en Guáimaro, Camagüey, en 1984. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. En poesía obtuvo los premios El Camello Rojo (2006), Regino Pedroso (2009), Portus Patris (2016) y Abriendo Puertas (2016), entre otros; y en narrativa los premios El Dinosaurio (2010) y Ernest Hemingway (2010), además de las becas Fronesis (2015) y La Noche de literatura infantil (2016). Finalista del Premio Internacional El Mejor Poema del Mundo (2016). Publicada en antologías y revistas, dentro y fuera de Cuba, está traducida parcialmente al inglés, italiano, esloveno, croata, chino mandarín y portugués.
Una versión extendida de la siguiente selección, junto a una introducción crítica de Roberto Manzano, puede encontrarse en el número 12 de ÆREA Revista Hispanoamericana de Poesía.

Cebollas moradas

Él no puede dejar de sangrar,
entonces corre a la cocina y
corta cebollas.
Ella come dulces
hasta que el azúcar se vuelve vértigo,
se esconde para cortar
cebollas.
Ante estas ganas de matar,
corto los bulbos en trozos muy delgados.
Miro el filo del cuchillo. El agua corre.

Frases para una novela que no escribiré

 

La mirada de una mujer inteligente.
El cartel lumínico que anuncia «Bienvenido»
y el que dice «Cerrado hasta la una».
La cebra tendida como un animal muerto en mitad de la calle.
El cafecito acabado de colar. La astucia y el olor de ese café.
Un pincel que dibuja puertas y figuras de humo
Los gestos de asco ante el vómito ajeno,
sobre todo ese vómito.
Pero igual el bosque.
La profunda oscuridad del mar
y el agudo reclamo de su llanto.
Un trozo de tela brillante.
El agujero negro, tentáculos insaciables de algún pulpo divino.
La cereza madura.
El aliento de aquel desconocido.
Una historia construida con muchas voces falsas.
Soy la que soy.
No existo.