Manuel Rodríguez, el insurgente

Manuel Rodríguez, el insurgente

MANUEL RODRÍGUEZ, EL INSURGENTE

A doscientos años de su muerte, el historiador Ernesto Guajardo nos invita a replantear la imagen del padre de la Patria que desde la academia ha inundando la percepción popular, con miras a rescatarlo del mito y la leyenda para proyectarlo en la historia.

Si existe un personaje en la historia nacional que ha sido difícil de definir es Manuel Rodríguez. Desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, las maneras de nombrarlo han sido variadas: guerrillerorebelde, caudillo popular, patriotahúsar, mártir, y esto solo si consideramos los títulos de los libros que se han publicado sobre él. Esta dificultad en fijar su silueta en una sola palabra dice mucho sobre las maneras en que se comprende su participación en el proceso independentista chileno.

En efecto, preguntarse quiénes Manuel Rodríguez en la historia de Chile es interrogarse sobre quées lo que hizo en ella. El relato decimonónico instaló la imagen romántica y épica de un Rodríguez guerrillero a partir de la cual se fue desarrollando una tradición discursiva sobre su figura que lo redujo a dicha fórmula, en desmedro de sus cualidades intelectuales, su visión sobre los diversos sectores sociales o bien sus nociones sobre la manera de organizar la naciente república. Solo hacia finales del siglo XX e inicios del XXI surgirán algunas interpretaciones que buscarán comprender a Manuel Rodríguez en una perspectiva de proceso histórico, y definirlo como un precursor de la democracia y la libertad. Sin embargo, estas maneras de analizarlo no han sido las mayoritarias, dando como resultado que el relato predominante que existe sobre él hasta nuestros días siga siendo aquel que se construyó hacia finales del siglo XIX.

Ahora, a 200 años de su asesinato, es posible revisar de manera crítica todo lo que se ha escrito sobre su vida y lo primero que se advierte es la ausencia del riesgo: salvo muy contados casos, no se proponen tesis para abordar su estudio; lo que se realiza es la reescritura de los relatos que se encuentran en fuentes que a estas alturas ya son clásicas. Estas variaciones sobre el mismo tema no aportan nuevos antecedentes, y con ello no ofrecen novedad sobre las antiguas incertidumbres, apelando a lo confuso de los hechos, a lo enigmáticode los acontecimientos.

Siendo este el estado del arte, problematizar parece ser una buena palabra para la articulación de esta interrogante. ¿Fue Manuel Rodríguez un guerrillero?

Retrato de Manuel Cavallo Ortiz

En nuestro imaginario colectivo, la figura de Manuel Rodríguez suele estar asociada a dos momentos de su biografía: como Húsar de la Muerte y como guerrillero. La más clara síntesis de esto la representa el cuadro de Manuel Carvallo Ortiz, que propone esencialmente, incluso a través de diversas variaciones en su reproduccion, la siguiente imagen: el oficial Rodríguez lleva sobre su hombro izquierdo una manta huasa. Es una representación que sugiere la integración entre la formalidad de la institucionalidad militar y la civilidad organizada, de manera irregular, en forma de montonera.

Preguntarse si Manuel Rodríguez fue un guerrillero implica también cuestionarse si existió guerra de guerrillas en Chile, en el periodo que va de 1815 a 1817 e, incluso, también permite indagar si la resistencia patriota fue protagonizada principalmente por el campesinado. Varios historiadores, incluso de diverso signo ideológico, han sostenido que en Chile, durante el periodo de la Reconquista, se realizó una guerra de guerrillas, o bien que existió actividad de guerrillas patriotas. Sin embargo, no existen mayores indagaciones documentales al respecto, de hecho, muchas veces ni siquiera se define el concepto de guerrilla que se utilizaba en la época, para así poder corroborar si el uso del concepto era pertinente o no para definir la actividad de las montoneras patriotas en dicho periodo.

A nuestro juicio no existió guerra de guerrillas durante la Reconquista en Chile, mas no  tanto por una razón cuantitativa, como algunos historiadores han sostenido. Las acciones de los insurgentes y los montoneros, en efecto, no fueron numerosas: las que suelen mencionarse, como expresiones de esta táctica son el asalto y toma de Melipilla y San Fernando y el asalto de Curicó. Solo un historiador menciona un asalto a un correo español, como una acción realizada en este contexto y algunos autores se refieren al combate de Huemul, para destacar el enfrentamiento en el cual muere Francisco Villota. En el caso de la zona de Aconcagua, existen ciertas referencias a la existencia de una montonera dirigida por Santiago Bueras, sin embargo, no hemos encontrado ninguna referencia documentada a alguna acción realizada por ella, en el caso de que efectivamente hubiese existido. Pero el problema no es la cantidad de acciones, sino el por qué y para qué se realizaban estas.

Para responder a la pregunta planteada, es necesario cruzar la cordillera, porque la respuesta está en Mendoza y se encuentra en el plan, nunca escrito, de liberación de Chile, diseñado por el general argentino José de San Martín. Dicho plan, en términos generales, implicaba la liberación de Chile del dominio realista, a fines de poder ocupar este país como base de operaciones para atacar el Virreinato del Perú y consolidar así en América del Sur el proceso independentista. Para lograr esto, San Martín diseñó, desarrolló y ejecutó lo que sería conocido como la guerra de zapa, una táctica que implicaría el uso de la información, la contrainformación, y también las montoneras. Guerra de zapa, entonces, y no guerra de guerrillas es lo que se vivió en nuestro país entre 1815 y 1817. Una de sus características fue bien identificada por un historiador argentino: la guerra de zapa fue llevada adelante por un ejército civil, no solo porque efectivamente muchos civiles se incorporaron a ella, sino además porque quienes habían vestido el uniforme patriota solo podían integrarse en esta ocultándose en una identidad civil.

La guerra de zapa tuvo dos modalidades de desarrollo: el servicio de informaciones y las montoneras. Sobre estas últimas conocemos más: ahí están los sucesivos relatos del asalto y toma de Melipilla, o de la creatividad utilizada al momento de asaltar y ocupar San Fernando, e incluso, el amargo relato del fracaso que significó el intento de toma de Curicó. La épica de las acciones armadas permite que sus descripciones perduren en el tiempo, casi sin perder la tensión narrativa de su primera lectura.

Por otro lado, sobre el servicio de informaciones sabemos muy poco, y ese escaso conocimiento no siempre es completo o correcto. Sin embargo, es en las acciones de este servicio en donde se expresó con mayor claridad la existencia de ese ejército civil. Hombres y mujeres, de diversas clases sociales, con distintas profesiones u oficios, en variados lugares del territorio nacional cumplieron una labor anónima, tan discreta como riesgosa: informar adecuadamente a los patriotas y desinformar eficientemente a los realistas.

Ambas modalidades de resistencia patriota conformaron la guerra de zapa, y esto es muy significativo porque evidencia algo que parece obvio, pero que es necesario explicitar: Manuel Rodríguez no fue el único que combatió contra el dominio realista al interior del país. Es la figura más conocida, la más popular, incluso ya en esa época, pero ello no puede hacernos olvidar que fueron decenas, sino centenares de voluntades las que concurrieron en esos años, para colaborar con los planes de San Martín, en pos de lograr la Independencia.

Creemos que para comprender de mejor manera los significados históricos de la actuación de Manuel Rodríguez en el periodo de la Reconquista, es necesario estudiar en profundidad el contexto de su accionar y, particularmente, a los patriotas que acompañaron dicho esfuerzo. La figura de Rodríguez es inmensamente popular, pero poco sabemos de los otros hombres y mujeres que participaron de manera activa en la guerra de zapa. Hemos podido identificar casi cien nombres, y tenemos la certeza de que no son todos. ¿Qué tanto sabemos, por ejemplo, de María Silva, Ramón Picarte, o del cacique Basilio Vilu?

Mencionamos antes las dificultades para definir la figura de Manuel Rodríguez. Sin ánimos de zanjar aquí dicha situación, creemos que, al menos en relación con el periodo que va de 1815 a 1817, el mejor calificativo es el de insurgente.

En primer lugar, porque es esa la definición que le daban los realistas a los patriotas en la época y es, por tanto, del todo pertinente su uso al momento de reescribir la participación de Rodríguez en el periodo de la Reconquista. En segundo lugar, porque al descartar el concepto de guerrillero como un término adecuado para definirlo, también es necesario distinguirlo de montonero, una definición que no necesariamente es equivalente a la condición de patriota o insurgente.

El insurgente Manuel Rodríguez es el personaje histórico que representa de mejor manera la resistencia patriota a los realistas durante el periodo de la Independencia, pero la simpatía que despierta el personaje no debe llevarnos a descuidar el estudio riguroso y documentado de su vida y obra. En este aniversario de su asesinato, un buen homenaje sería rescatarlo del mito y proyectarlo desde la historia.

 

Ernesto Guajardo es historiador y bibliotecólogo. Es el autor de libros como Valparaíso: la memoria dispersa y Manuel Rodríguez:historia y leyenda. Encuéntralos acá

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Fiesta de Muñecas

Fiesta de Muñecas

FIESTA DE MUÑECAS

Una de las leyendas que definen a Valparaíso es la de doña Rosario y sus muñecas. El historador Víctor Rojas, narra este terrorífico mito después de un trabajo reseñando creencias y personajes populares de la ciudad porteña.

La casita es café y todavía puede verse en el Camino Cintura, hacia Perdices. Cuando hace años (hastiados del mal olor) los vecinos forzaron la puerta, descubrieron cuál era la misteriosa familia de la anciana que veían muerta en el sillón. Desde los dientes blancos y los cabellos negros hasta los cabellos blancos y los dientes negros, doña Rosario había sido una vecina demasiado amable: conversaba con cuantos avistaba en la calle, preguntándoles cosas sin importancia… y sus oyentes terminaban por dejarla, inventando apuros y compromisos urgentes.

Se rumoreaba, bromeando, que era algo bruja: tenía decenas de gatos y prefería no utilizar luz eléctrica, sino velas. De cuando en vez (si los niños no se tomaban la sopa) las mamás los amenazaban con llevarlos donde la vieja Charo: ellos, entonces, se acostumbraron a temer y odiar a esa señora decrépita, algo sucia, que insistía en ofrecerles dulces.

Un sábado doña Rosario compró alimentos para la semana y, comentando al almacenero que iba a recibir a unas familiares, unas hijas, se retiró a su hogar. No se le vio salir en varios días, aunque en el interior de su casita se escucharon voces de niñas junto al maullido de los gatos.

El viernes siguiente pidió fiado para el mes, explicando que debía atender a los suyos y no podía conversar más porque tenía apuro.  Esa noche hubo risas, rondas y bullicio como nunca en su hogar. Al contrario, los días siguientes fueron silenciosos. Fue a la semana que alguien percibió un olor desagradable, y días después (liderados por el almacenero) los vecinos forzaron la puerta y hallaron a la anciana, putrefacta en un sillón. A su lado, en sillas o sobre la mesa en que se advertían restos del último banquete, varias muñecas antiguas (con trozos de torta en la boca) miraban a los invasores de su paz. Si fue por demencia o por magia que esas muñecas vivieron, rieron alegres y acompañaron los últimos momentos de doña Rosario, si fue una fiesta de terror o de alegría, si alegraron a la anciana o la mataron, únicamente los gatos podrían contarlo. Pero, en los maullidos que aún se oyen en Camino Cintura, hacia Perdices, no es posible leer una respuesta.

*Este artículo fue sacado del libro ‘Valparaíso, el mito y sus leyendas’ de Víctor Rojas Farías. Entérate de más mitos y leyendas de Valparaíso aquí

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Fresia: breve historia de una gigante

Fresia: breve historia de una gigante

FRESIA: BREVE HISTORIA DE UNA GIGANTE

Los niños de los 80 la tenían como un símbolo del Parque Metropolitano, logrando dejar una huella en la memoria de los adultos de hoy.

Pocos animales han conseguido capturar la atención y formar parte del inconsciente colectivo santiaguino y nacional como Fresia, el elefante indio nacido en Río de Janeiro que a poco de tiempo de vida fue traía al Parque Metropolitano de Santiago. Corría la década de los 40 y rápidamente Fresia se volvió una celebridad entre chicos y grandes, admirados de sus 4 metros de altura y 5 toneladas de peso.

Su personalidad fue aflorando en recordadas travesuras, como la vez que sustrajo con su larga trompa una chaqueta de mezclilla a un visitante que estaba apoyado en una zona delimitada. Al ver la pobre Fresia que no era comida, la rasgó y se la regresó a su dueño indignada. En otra ocasión le dio un merecido coscorrón a una chiquilla que la trató de engañar varias veces mostrándole el puño cerrado, haciendo como si tuviera comida, para después mostrarle la mano vacía.

Lamentablemente muchos de sus visitantes ponían en peligro su vida al darle sustancias peligrosas para que ingiriera. Hasta tuvo que ser intervenida quirúrgicamente para extraer una barra metálica de sus fosas nasales que fue puesta por algún malintencionado.

Más allá de estos episodios, Fresia fue uno de los símbolos citadinos más admirados por los niños de los 80. En cada uno de sus cumpleaños era visitaba especialmente por cientos de chicos y chicas que llenaban el zoológico con sus gritos celebratorios; y los veterinarios le preparaban un pastel especialmente para ella. El evento era reporteado año tras año en los noticieros locales.

Fue durante esa época cuando Fresia, ya entrada en su cuarta década, empezó a decaer debido a un problema en sus articulaciones que le generaron una infección reumatoidea.

 En el otoño de 1991 a sus 54 años su condición empeoró hasta quedar prostrada. Le trajeron una grúa especial para poder mover su enorme cuerpo cada cierta cantidad de horas para que no aplastara sus órganos.

Ni bien corrió la noticia de que la querida Fresia estaba ya en las postrimerías de su vida, gente de todo Chile peregrinó hasta el Parque Metropolitano de Santiago para rendirle honores: niños le llevaban regalos y dibujos con la esperanza que se mejorara mientras sus padres trataban de esconder el pronóstico inevitable de la gigante.

Fue un viernes 17 de mayo de 1991 el día en que murió Fresia, la mítica elefanta del zoológico de la capital, a causa de un edema producido por su propio peso. 36 horas duró su sufrido y concurrido funeral  dirigido por un sacerdote de la orden de San Francisco de Asís. De todo los rincones de Chile llegaron visitas, flores, dibujos y mensajes de cariño, los que llenaron su refugio en un sentido último adiós.

Sus restos sufrieron un largo periplo en el afán de conservarlos. Primero se intentó embalsamarlo, mas el fracaso de la empresa terminó con su cuerpo enterrado en el bosque del Parque Metropolitano. Su cabeza se mantuvo congelada en el Mercado de Lo Valledor, para después ser disecada y trasladada al Museo Nacional de Historia Natural de la Quinta Normal. Las reacciones adversas del público hicieron que finalmente las autoridades optaran por enterrar su cabeza junto al resto de su cuerpo, dándole por fin un pacífico descanso.

Por esos días, en algunas comunas de la capital espontáneamente surgieron rayados en las paredes que proclamaban, libre y desinteresadamente, para quien posase su vista en ellos que “Fresia vive, la lucha sigue”.

*Este artículo fue basado en el libro  ‘Crónicas de un Santiago Oculto’ de Criss Salazar. Entérate más sobre historias desconocidas de Santiago aquí.

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