Manuel Rodríguez, el insurgente

Manuel Rodríguez, el insurgente

MANUEL RODRÍGUEZ, EL INSURGENTE

A doscientos años de su muerte, el historiador Ernesto Guajardo nos invita a replantear la imagen del padre de la Patria que desde la academia ha inundando la percepción popular, con miras a rescatarlo del mito y la leyenda para proyectarlo en la historia.

Si existe un personaje en la historia nacional que ha sido difícil de definir es Manuel Rodríguez. Desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, las maneras de nombrarlo han sido variadas: guerrillerorebelde, caudillo popular, patriotahúsar, mártir, y esto solo si consideramos los títulos de los libros que se han publicado sobre él. Esta dificultad en fijar su silueta en una sola palabra dice mucho sobre las maneras en que se comprende su participación en el proceso independentista chileno.

En efecto, preguntarse quiénes Manuel Rodríguez en la historia de Chile es interrogarse sobre quées lo que hizo en ella. El relato decimonónico instaló la imagen romántica y épica de un Rodríguez guerrillero a partir de la cual se fue desarrollando una tradición discursiva sobre su figura que lo redujo a dicha fórmula, en desmedro de sus cualidades intelectuales, su visión sobre los diversos sectores sociales o bien sus nociones sobre la manera de organizar la naciente república. Solo hacia finales del siglo XX e inicios del XXI surgirán algunas interpretaciones que buscarán comprender a Manuel Rodríguez en una perspectiva de proceso histórico, y definirlo como un precursor de la democracia y la libertad. Sin embargo, estas maneras de analizarlo no han sido las mayoritarias, dando como resultado que el relato predominante que existe sobre él hasta nuestros días siga siendo aquel que se construyó hacia finales del siglo XIX.

Ahora, a 200 años de su asesinato, es posible revisar de manera crítica todo lo que se ha escrito sobre su vida y lo primero que se advierte es la ausencia del riesgo: salvo muy contados casos, no se proponen tesis para abordar su estudio; lo que se realiza es la reescritura de los relatos que se encuentran en fuentes que a estas alturas ya son clásicas. Estas variaciones sobre el mismo tema no aportan nuevos antecedentes, y con ello no ofrecen novedad sobre las antiguas incertidumbres, apelando a lo confuso de los hechos, a lo enigmáticode los acontecimientos.

Siendo este el estado del arte, problematizar parece ser una buena palabra para la articulación de esta interrogante. ¿Fue Manuel Rodríguez un guerrillero?

Retrato de Manuel Cavallo Ortiz

En nuestro imaginario colectivo, la figura de Manuel Rodríguez suele estar asociada a dos momentos de su biografía: como Húsar de la Muerte y como guerrillero. La más clara síntesis de esto la representa el cuadro de Manuel Carvallo Ortiz, que propone esencialmente, incluso a través de diversas variaciones en su reproduccion, la siguiente imagen: el oficial Rodríguez lleva sobre su hombro izquierdo una manta huasa. Es una representación que sugiere la integración entre la formalidad de la institucionalidad militar y la civilidad organizada, de manera irregular, en forma de montonera.

Preguntarse si Manuel Rodríguez fue un guerrillero implica también cuestionarse si existió guerra de guerrillas en Chile, en el periodo que va de 1815 a 1817 e, incluso, también permite indagar si la resistencia patriota fue protagonizada principalmente por el campesinado. Varios historiadores, incluso de diverso signo ideológico, han sostenido que en Chile, durante el periodo de la Reconquista, se realizó una guerra de guerrillas, o bien que existió actividad de guerrillas patriotas. Sin embargo, no existen mayores indagaciones documentales al respecto, de hecho, muchas veces ni siquiera se define el concepto de guerrilla que se utilizaba en la época, para así poder corroborar si el uso del concepto era pertinente o no para definir la actividad de las montoneras patriotas en dicho periodo.

A nuestro juicio no existió guerra de guerrillas durante la Reconquista en Chile, mas no  tanto por una razón cuantitativa, como algunos historiadores han sostenido. Las acciones de los insurgentes y los montoneros, en efecto, no fueron numerosas: las que suelen mencionarse, como expresiones de esta táctica son el asalto y toma de Melipilla y San Fernando y el asalto de Curicó. Solo un historiador menciona un asalto a un correo español, como una acción realizada en este contexto y algunos autores se refieren al combate de Huemul, para destacar el enfrentamiento en el cual muere Francisco Villota. En el caso de la zona de Aconcagua, existen ciertas referencias a la existencia de una montonera dirigida por Santiago Bueras, sin embargo, no hemos encontrado ninguna referencia documentada a alguna acción realizada por ella, en el caso de que efectivamente hubiese existido. Pero el problema no es la cantidad de acciones, sino el por qué y para qué se realizaban estas.

Para responder a la pregunta planteada, es necesario cruzar la cordillera, porque la respuesta está en Mendoza y se encuentra en el plan, nunca escrito, de liberación de Chile, diseñado por el general argentino José de San Martín. Dicho plan, en términos generales, implicaba la liberación de Chile del dominio realista, a fines de poder ocupar este país como base de operaciones para atacar el Virreinato del Perú y consolidar así en América del Sur el proceso independentista. Para lograr esto, San Martín diseñó, desarrolló y ejecutó lo que sería conocido como la guerra de zapa, una táctica que implicaría el uso de la información, la contrainformación, y también las montoneras. Guerra de zapa, entonces, y no guerra de guerrillas es lo que se vivió en nuestro país entre 1815 y 1817. Una de sus características fue bien identificada por un historiador argentino: la guerra de zapa fue llevada adelante por un ejército civil, no solo porque efectivamente muchos civiles se incorporaron a ella, sino además porque quienes habían vestido el uniforme patriota solo podían integrarse en esta ocultándose en una identidad civil.

La guerra de zapa tuvo dos modalidades de desarrollo: el servicio de informaciones y las montoneras. Sobre estas últimas conocemos más: ahí están los sucesivos relatos del asalto y toma de Melipilla, o de la creatividad utilizada al momento de asaltar y ocupar San Fernando, e incluso, el amargo relato del fracaso que significó el intento de toma de Curicó. La épica de las acciones armadas permite que sus descripciones perduren en el tiempo, casi sin perder la tensión narrativa de su primera lectura.

Por otro lado, sobre el servicio de informaciones sabemos muy poco, y ese escaso conocimiento no siempre es completo o correcto. Sin embargo, es en las acciones de este servicio en donde se expresó con mayor claridad la existencia de ese ejército civil. Hombres y mujeres, de diversas clases sociales, con distintas profesiones u oficios, en variados lugares del territorio nacional cumplieron una labor anónima, tan discreta como riesgosa: informar adecuadamente a los patriotas y desinformar eficientemente a los realistas.

Ambas modalidades de resistencia patriota conformaron la guerra de zapa, y esto es muy significativo porque evidencia algo que parece obvio, pero que es necesario explicitar: Manuel Rodríguez no fue el único que combatió contra el dominio realista al interior del país. Es la figura más conocida, la más popular, incluso ya en esa época, pero ello no puede hacernos olvidar que fueron decenas, sino centenares de voluntades las que concurrieron en esos años, para colaborar con los planes de San Martín, en pos de lograr la Independencia.

Creemos que para comprender de mejor manera los significados históricos de la actuación de Manuel Rodríguez en el periodo de la Reconquista, es necesario estudiar en profundidad el contexto de su accionar y, particularmente, a los patriotas que acompañaron dicho esfuerzo. La figura de Rodríguez es inmensamente popular, pero poco sabemos de los otros hombres y mujeres que participaron de manera activa en la guerra de zapa. Hemos podido identificar casi cien nombres, y tenemos la certeza de que no son todos. ¿Qué tanto sabemos, por ejemplo, de María Silva, Ramón Picarte, o del cacique Basilio Vilu?

Mencionamos antes las dificultades para definir la figura de Manuel Rodríguez. Sin ánimos de zanjar aquí dicha situación, creemos que, al menos en relación con el periodo que va de 1815 a 1817, el mejor calificativo es el de insurgente.

En primer lugar, porque es esa la definición que le daban los realistas a los patriotas en la época y es, por tanto, del todo pertinente su uso al momento de reescribir la participación de Rodríguez en el periodo de la Reconquista. En segundo lugar, porque al descartar el concepto de guerrillero como un término adecuado para definirlo, también es necesario distinguirlo de montonero, una definición que no necesariamente es equivalente a la condición de patriota o insurgente.

El insurgente Manuel Rodríguez es el personaje histórico que representa de mejor manera la resistencia patriota a los realistas durante el periodo de la Independencia, pero la simpatía que despierta el personaje no debe llevarnos a descuidar el estudio riguroso y documentado de su vida y obra. En este aniversario de su asesinato, un buen homenaje sería rescatarlo del mito y proyectarlo desde la historia.

 

Ernesto Guajardo es historiador y bibliotecólogo. Es el autor de libros como Valparaíso: la memoria dispersa y Manuel Rodríguez:historia y leyenda. Encuéntralos acá

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Fiesta de Muñecas

Fiesta de Muñecas

FIESTA DE MUÑECAS

Una de las leyendas que definen a Valparaíso es la de doña Rosario y sus muñecas. El historador Víctor Rojas, narra este terrorífico mito después de un trabajo reseñando creencias y personajes populares de la ciudad porteña.

La casita es café y todavía puede verse en el Camino Cintura, hacia Perdices. Cuando hace años (hastiados del mal olor) los vecinos forzaron la puerta, descubrieron cuál era la misteriosa familia de la anciana que veían muerta en el sillón. Desde los dientes blancos y los cabellos negros hasta los cabellos blancos y los dientes negros, doña Rosario había sido una vecina demasiado amable: conversaba con cuantos avistaba en la calle, preguntándoles cosas sin importancia… y sus oyentes terminaban por dejarla, inventando apuros y compromisos urgentes.

Se rumoreaba, bromeando, que era algo bruja: tenía decenas de gatos y prefería no utilizar luz eléctrica, sino velas. De cuando en vez (si los niños no se tomaban la sopa) las mamás los amenazaban con llevarlos donde la vieja Charo: ellos, entonces, se acostumbraron a temer y odiar a esa señora decrépita, algo sucia, que insistía en ofrecerles dulces.

Un sábado doña Rosario compró alimentos para la semana y, comentando al almacenero que iba a recibir a unas familiares, unas hijas, se retiró a su hogar. No se le vio salir en varios días, aunque en el interior de su casita se escucharon voces de niñas junto al maullido de los gatos.

El viernes siguiente pidió fiado para el mes, explicando que debía atender a los suyos y no podía conversar más porque tenía apuro.  Esa noche hubo risas, rondas y bullicio como nunca en su hogar. Al contrario, los días siguientes fueron silenciosos. Fue a la semana que alguien percibió un olor desagradable, y días después (liderados por el almacenero) los vecinos forzaron la puerta y hallaron a la anciana, putrefacta en un sillón. A su lado, en sillas o sobre la mesa en que se advertían restos del último banquete, varias muñecas antiguas (con trozos de torta en la boca) miraban a los invasores de su paz. Si fue por demencia o por magia que esas muñecas vivieron, rieron alegres y acompañaron los últimos momentos de doña Rosario, si fue una fiesta de terror o de alegría, si alegraron a la anciana o la mataron, únicamente los gatos podrían contarlo. Pero, en los maullidos que aún se oyen en Camino Cintura, hacia Perdices, no es posible leer una respuesta.

*Este artículo fue sacado del libro ‘Valparaíso, el mito y sus leyendas’ de Víctor Rojas Farías. Entérate de más mitos y leyendas de Valparaíso aquí

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Juan José Becerra : Toda la verdad

Juan José Becerra : Toda la verdad

JUAN JOSÉ BECERRA : TODA LA VERDAD

Juan José Becerra (Junín, 1965), periodista y escritor, es el autor de libros de ensayos como Grasa (2007), La vaca. Viaje a la pampa carnívora (2007), y Patriotas (2009); como también de novelas como Atlántida (2001), El espectáculo del tiempo (2015), y El artista más grande del mundo (2017). Presentamos a continuación un extracto de Toda la verdad, novela aparecida originalmente en 2010, que es su primer libro editado en Chile, y que entrega un claro ejemplo de porqué Becerra es una de las voces más importantes de la actual narrativa argentina. 

El ingeniero Antonio Miranda se fue de golpe. Desapareció. Dejó los autos, su cachorro Shar Pei todavía sin nombre, los teléfonos móviles que vibraban en la cintura enganchados a un arnés de metal forrado en cuero, las películas, los discos, su única hija, los álbumes fotográficos en los que —algo desteñidos— aún vivían sus muertos, las bebidas importadas, los bares del Bajo, el televisor de 108″, la cama king size con dosel de ñandutí, el club de golf donde dejó los palos y el proyecto a medio hacer de un edificio de veinte pisos sobre la Costanera Sur que se vendió completo, el día que se presentó la maqueta, a una agencia inmobiliaria movida en las sombras por el narcotráfico de Ciudad Juárez y, en la superficie, por un centro de llamadas con oficinas en Rosario.

Todo eso fue su vida anterior, en la que empleaba mucho dinero y varias horas del día para darle un mantenimiento (como una hoguera en la que se estuviera quemando una vida, el mantenimiento implicaba un metabolismo de consumo). Vivir esa vida era exclusivamente mantenerla, muchas veces por la fuerza invisible de la inercia, una fuerza que ya había hecho de una vez en el pasado y se prolongaba por la ruta de la intrascendencia.

Miranda no tuvo un plan. Simplemente se desvió de su ruta ordinaria y dejó atrás la ciudad. Caminando. De lo inesperado surgió un progreso lento y verdadero, lo contrario del progreso artificial del mundo que habitaba, y que estaba dado por el poder de su economía, o por aquel otro, sucedáneo pero más visible todavía, que irradiaba su figura al entrar al décimo piso del River Building de Puerto Madero, donde era Alguien: alguien para ser obedecido y recordado por sus empleados, siempre con una sombra de temor, lo único que finalmente quedaba en el recuerdo junto con la obligación de no demostrarlo, es decir, con los nuevos protocolos de la diplomacia laboral que reducen la brutalidad del amo al trato civilizado y un poco zombi del gerente.

Pero el progreso verdadero era verdadero por la escala insignificante en la que sucedía. Progresar, en esta nueva experiencia, era caminar hacia adelante como un vector humano salido de la antigüedad. Un paso, y luego otro, y otro más. Progresar era no regresar. Miranda avanzaba alejándose del resplandor de los edificios hacia la oscuridad del campo. Pero la oscuridad no se manifestaba en forma total porque la ruta era, además de la superficie plana en la que se deslizaban los vehículos, un hilo de luces fijas trazado en la noche. Hasta que se desvió de ese hilo, que había seguido por costumbre, la costumbre de vivir en base a referencias, se internó en un sembrado de maíz y desapareció del mapa.

Por el camino tiró el reloj —un Ingenieur, de IWC: su otro yo de acero— y el teléfono que le quedaba (lo hizo cuando oyó que del bolsillo de su pantalón se elevaba, en ondas distorsivas, la versión electrónica de una melodía muy actual) y, también, el saco con los documentos, la billetera y un pendrive inflado de planillas Excel y organigramas en Power Point. Lo iba haciendo sin conciencia, como si cambiara de piel por medio de gestos naturalizados del cuerpo que arrojaba sus lastres hacia los costados, y no para sentirse más liviano sino más puro.

Salió de la oscuridad para entrar al baño de una estación de servicio. Lo hizo por reflejo. Si antes había tomado la decisión definitiva de perderse en el maizal, un laberinto de tallos resecos iluminados por el baño fosforescente de la noche, esta segunda medida (asociada al error de la primera: no ir preventivamente al baño antes de una caminata prolongada) era solo provisoria. Podía regresar un millón de veces a las luces para abandonarlas cuando quisiera.

En algún momento el cansancio lo volteó y durmió unas horas en un claro de la siembra, vigilado de cerca por una patrulla de roedores enormes que se desplazaban por los surcos, tropezando con los terrones extraídos de la labranza como pequeños carros cruzando la montaña, y empleando sus silbidos de alerta y sus miradas infrarrojas a través de las cuales veían a lo lejos al ingeniero Miranda convertido un bulto con forma de M: la M de Miranda.

Antonio Miranda. Ingeniero. Para sus conocidos seguía siendo el de siempre; incluso lo ubicaban mentalmente en su piso de Avenida Del Libertador. Creían que podían adivinar en qué actividades estaría ocupando su tiempo porque el propio Miranda se había encargado de divulgarlas como un repertorio de falsa intimidad y extravagancia. Acostumbraba a dejar, al pasar, esporas afectadas de su identidad: hobbies, curiosidades corporales, relaciones, hábitos de consumo y fobias. En el imaginario de sus empleados y colegas, esa noche —era jueves— estaría en la reunión de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, la sociedad con la que colaboraba gestionando fondos en las gerencias de las empresas extranjeras. Esos detalles, que Miranda administraba como un dios alcanzable, le daban una imagen de magnate incapaz de descuidar los aspectos sensibles de la vida, en los que desembocaba como si se deslizara de un mundo a otro (de la caza mayor de inversiones a la pasión filantrópica).

Lo despertó el rumor de una cosechadora. Todavía era de noche. Los ejes de la máquina hacían girar unas jaulas de acero que despegaban los choclos con tirones mecánicos muy precisos, como si una inteligencia predadora, mucho más que una fuerza, pelara las plantas dejando a su paso un tendal de escoria vegetal, gusanos malheridos y una nube de gaviotas que se agredían en vuelo hacia la realidad insuficiente de sus dietas.

La luz de la máquina no dio sobre el cuerpo de Miranda sino más allá de él, blanqueándole el camino que debía seguir si lo que deseaba era un plan de salvación o fuga; y ante ese resplandor se paró de golpe, de frente, con todas las dudas de una presa silvestre frente a una bestia superior. Un reflejo, el segundo de la noche, pero de una naturaleza diferente a la del primero —como si saltara hacia otra órbita de sucesos— lo sacó de la huella de luz hacia un refugio de oscuridad. No era difícil perderse rápidamente de vista dada la torpeza de la máquina para moverse con soltura —toneladas de hierros balanceándose sobre trazos desparejos de tierra seca—, pero sí lo fue intuir el funcionamiento completo de la escena que se había presentado.

Sentado, y posiblemente lamiendo los beneficios de una beca internacional, en la comodidad sedentaria de un cuarto bien iluminado, cualquier idiota podría describir los detalles físicos y funcionales de una cosechadora, pero Miranda no estaba allí para pensar o recordar los hechos sino para protagonizarlos. Y en el corazón de los hechos, allí donde los hechos latían, lo que experimentó Miranda fue, en el único instante en el que las cosas sucedieron —y a partir de esa noche las cosas solo sucedieron, sin interpretaciones ni sentido, o con un sentido secreto que Miranda no formulaba—, la presencia de una amenaza (realidad y ambigüedad se cruzaron en un choque imperceptible de planetas).

Ni cosechadora rastrillando el campo, ni máquina atacando al hombre. No hubo materia o, si la hubo, detrás de la materia y la energía que la impulsaba se agitó el peligro general del que Miranda huyó. Le molestó ver que lo hacía en la misma dirección que las ratas, incluso siguiéndolas en su carrera hacia la oscuridad más profunda del maizal, como si las alimañas tuvieran en el cuerpo una cartografía milenaria de repliegue y la consultaran sin desesperación, caminando con sus pasos enfermizos hacia un territorio más seguro que no estaba dado por una arquitectura de fortaleza o de túneles sino, simplemente, por la distancia, una distancia exacta a partir de la cual el peligro desaparecía completamente. No hacía falta esconderse sino apartarse un poco. Esa era la lección sabia de las ratas —de una rata sola, a la que las demás seguían— que Miranda tomó al pie de la letra para luego seguir su curso hacia el interior más profundo de la pampa.

Ese día caminó sin detenerse. Apenas si se desvío algunos pasos a izquierda y derecha de su línea ondulante —él creía que era recta— para tomar agua de las canillas que resplandecían bajo el sol en las plazas de pueblo. Volvió a caer a la noche bajo la copa de un sauce eléctrico suelto en la llanura. Durmió varias horas. Un hilo de baba que salía de su boca se fue acumulando lentamente en el piso, formó un cuenco muy pequeño en la tierra y le embarró una mejilla durante los movimientos descontrolados del sueño. Se despertó con una memoria turbia del día anterior, pero mucho más turbia respecto del pasado que esas dos noches seguidas parecían estar empujando hacia atrás.

Entonces surgió la primera preocupación del presente: alimentarse.

*Extracto de “Toda la Verdad” de Juan José Becerra. Sigue el resto de la travesía del ingeniero Miranda aquí.

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La Maratón de los So and So

La Maratón de los So and So

LA MARATÓN DE LOS SO AND SO

Fieles al espíritu del rock ‘n’ roll, un grupo de jóvenes de Concepción se propuso romper con un récord mundial. Lo hicieron por una causa noble y también por el puro entusiasmo de la música. 

En octubre de 1967 la banda santiaguina Los Jockers tocó 53 horas seguidas en el subterráneo de una casa de discos ubicada en calle Ahumada al llegar a Huérfanos, rompiendo el record de horas consecutivas tocando, superando la marca previa del grupo holandés The Astrenauts.

Cuando la noticia llegó a Concepción, un grupo penquista se decidió a superarlos.

«Todo partió en una esquina conversando, después que todos nos habíamos enterado», señaló Javier Hinojosa, director y primera guitarra de So and So, el grupo que además componían el vocalista Efraín Maldonado; Miguel Guajardo, segunda guitarra y voz; Sergio Muñoz, bajista; Albéniz Vargas, batería, y Fernando Leiva, teclado.

Podía parecer un ardid promocional, pero la verdad es que  ya la banda se había formado para recaudar fondos para la Ciudad del Niño Ricardo Espinosa y la idea de batir el record seguiría la línea de las intenciones solidarias.

Dentro de la misma Ciudad del Niño había un grupo de muchachos que querían formar una banda, pero no tenían instrumentos, por lo que los So and So decidieron “tocar hasta que llegara la batería” – por antonomoasia lo más caro del rock –, además de reunir fondos para un par de salas.

Así de determinados y motivados, dejaron la fecha y el lugar sacramentado: sería el viernes 27 de octubre de 1967 pasada la medianoche, en los estudios de Radio Araucanía.

En Radio Araucanía, Javier Hinojosa (teclado), Juan Vargas (maracas), Omar Yáñez (bajo) y Sergio Muñoz (guitarra) en la jornada del récord.

«Fue una locura de cabros, ninguno dimensionó lo que significaba estar dos noches sin dormir. Lo vimos como… no sabría decirte, una choreza, pero como nos habíamos enterado de los grupos previos que habían hecho un récord pensamos que no debía ser tan complicado y por eso nos tiramos», señaló Sergio Muñoz.

El reloj iba avanzando y la gente iba llegando hasta el estudio y sus alrededores para animar al grupo. Todos querían ser testigos del momento y la radio se encargó de transmitirlo maratónicamente, sin interrupciones. Algunos subían hasta el tercer piso para mirar al grupo tocar. Dejaban dinero o alimentos en pos de Ciudad del Niño y bajaban por la otra escalera. Tanta fue la gente que llegó que Carabineros decidió suspender el tránsito por Barros Arana.

Los miembros se iban rotando para que uno de ellos pudiera salir a comer (en realidad a tomarse una Coca-Cola o un café) o ir al baño, pero nadie logró dormir. Un doctor hizo su aporte a la causa, evaluando rutinariamente los signos vitales de los músicos.

El lunes 30 de octubre a las 9:30 terminó el larguísimo concierto marcando 57 horas y 30 minutos, adueñándose del nuevo record mundial y consiguiendo una batería para la Ciudad del Niño Ricardo Espinosa. Y si bien descubieron a posteriori que, por ser ellos mismos menores de edad, el record no podía inscribirse en el Libro de Guiness, el acontecimiento se conoció en todo el país y The So and So salieron de gira al llegarles, en sus palabras, “ene pega”.

*Esta y más historias fundacionales de la música nacional le dan forma a ´ConcEnOff: Relatos de Rock Penquista´ de Ricardo Cárcamo y Ángel Rogel. Encuéntralo aquí.

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Poesía : Ketty Margarita Blanco

Poesía : Ketty Margarita Blanco

Poesía: Ketty Margarita Blanco

Ketty Margarita Blanco Zaldívar es una poeta y narradora cubana nacida en Guáimaro, Camagüey, en 1984. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. En poesía obtuvo los premios El Camello Rojo (2006), Regino Pedroso (2009), Portus Patris (2016) y Abriendo Puertas (2016), entre otros; y en narrativa los premios El Dinosaurio (2010) y Ernest Hemingway (2010), además de las becas Fronesis (2015) y La Noche de literatura infantil (2016). Finalista del Premio Internacional El Mejor Poema del Mundo (2016). Publicada en antologías y revistas, dentro y fuera de Cuba, está traducida parcialmente al inglés, italiano, esloveno, croata, chino mandarín y portugués.
Una versión extendida de la siguiente selección, junto a una introducción crítica de Roberto Manzano, puede encontrarse en el número 12 de ÆREA Revista Hispanoamericana de Poesía.

Cebollas moradas

Él no puede dejar de sangrar,
entonces corre a la cocina y
corta cebollas.
Ella come dulces
hasta que el azúcar se vuelve vértigo,
se esconde para cortar
cebollas.
Ante estas ganas de matar,
corto los bulbos en trozos muy delgados.
Miro el filo del cuchillo. El agua corre.

Frases para una novela que no escribiré

 

La mirada de una mujer inteligente.
El cartel lumínico que anuncia «Bienvenido»
y el que dice «Cerrado hasta la una».
La cebra tendida como un animal muerto en mitad de la calle.
El cafecito acabado de colar. La astucia y el olor de ese café.
Un pincel que dibuja puertas y figuras de humo
Los gestos de asco ante el vómito ajeno,
sobre todo ese vómito.
Pero igual el bosque.
La profunda oscuridad del mar
y el agudo reclamo de su llanto.
Un trozo de tela brillante.
El agujero negro, tentáculos insaciables de algún pulpo divino.
La cereza madura.
El aliento de aquel desconocido.
Una historia construida con muchas voces falsas.
Soy la que soy.
No existo.

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