360 Grados

Eleonora Finkelstein

No es una mala idea, aunque parezca vulgata, revisitar el término poiesis y su relación íntima con las causas primeras que hacen al mundo seguir en marcha y a la poesía asumir, en ese mismo camino, el correlato subversivo frente a la historia oficial. Un correlato expresado de la manera más arcana, menos respetuosa de la sintaxis formal y de la semántica obvia. En suma, transgresor del gran cuento que sancionan desde siempre los poderes de turno y replican las mayorías complacientes. No solo en el plano político sino, y esta es la marca mayor, también en el plano estético.

La poesía, la poética (para ser justos y ampliar su alcance como agente transfigurador que supera disciplinas y géneros) asume desde el origen la tarea de decir lo que no puede decirse, ni a la manera de siempre, ni con el lenguaje habitual y que representa, más allá de lo físico, la circunstancia de ser y estar en el mundo para esta procesión de seres sublunares arrojados sobre la tierra con el don de pensarse a sí mismos. Y es esa conciencia y el ejercicio de la «otredad» la condición que permite desdoblarse para cuestionar el sentido de todo el asunto y transformarlo en belleza. «Por qué» y «para qué» seguirán siendo las preguntas que se fertilizan a sí mismas. Algo más inquietante y mucho más fecundo que cualquier respuesta.

Y no nos parece mala idea recoger esa línea porque en la génesis de la palabra griega se pueden encontrar las claves para una reinvención y resignificación de la poesía, que intuimos necesaria. Desde Platón y la concepción griega de lo natural, hasta la filosofía moderna (antes, durante y después de Martin Heidegger) poiesis define la acción que permite el tránsito de la oscuridad a la luz. Es decir, ese movimiento es causa eficiente de la creación y convierte en actual algo que era potencial. Pero sabemos que nada nace de la nada, entonces ¿cómo entender este movimiento en un escenario en que una cosa ya no reemplaza a la otra, donde la linealidad genética del camino hacia adelante dejó definitivamente de existir? ¿Cuántas cosas cambiaron entre las últimas décadas del siglo pasado y las primeras del presente?

Es indudable que el acontecer de la poesía (como el del resto de las artes) ya no está regido por la alternancia entre la tradición y la vanguardia. No se trata de llegar con las «buenas nuevas» cada vez, como quien trae un mensaje del futuro que nos dará el siguiente impulso hacia adelante. No; porque ese futuro que supimos construir desde la Revolución Industrial y pasando por las dos grandes guerras, como el artífice de todas las soluciones y la evolución de las artes y las ciencias y las sociedades, ya no es el mismo.

En el contexto actual la buena recepción del poema no tiene reglas muy claras. No se esperan manifiestos ni discursos evangelizadores
sobre tal o cual estética donde atrincherarse en contra de los enemigos del pasado. Lo nuevo
es una idea un poco anémica porque supone la preexistencia de lo viejo y así hasta el cansancio. El canon es un asunto cerrado (en eso haycierto consenso) y los caminos que se abren son muchos y diversos. Esto permite que convivan expresiones muy distantes temporal o culturalmente y que impere lo híbrido y lo polifónico. De acuerdo, tampoco es nuevo, pero no pongamos el
acento en «novedad», hablemos de libertad. La transformación más significativa es, entonces, la que trae consigo esa libertad de movimiento, de crear y expresarse apropiándose de todos los elementos de la tradición (vanguardias incluidas porque ya forman parte del mismo acervo).

"Contra el poder se deberían emplear mejores armas y contra lo que no resiste el análisis no necesitamos tanta artillería "

360 grados. Esa es la perspectiva que se despliega hoy ante el poeta, ante el artista y será la misma por un buen tiempo, al menos hasta donde se alcanza a ver: el futuro pero también el pasado; el entorno inmediato y el universo amplificado por el uso doméstico de la Web; la propia lengua y las otras lenguas, como parte de un mismo territorio poético. Sabemos demasiado y eso no tiene remedio. Cualquier intento de refundación de la poética actual no puede desechar la responsabilidad de cargar el peso de ese panorama circular en nuestros hombros: el vértigo de una libertad expandida por la metaconciencia. Lo demás, escribir de nuevo los mismos versos de amor agridulces, los mismos desgarros por la primera incomprensión del mundo, podemos dejárselo a los niños.

Entonces, si aquel «movimiento creador» viró de lineal a multidireccional, vale preguntarse el sentido de insistir en esos juegos de oposición que intentan resolver algo que, en el fondo, es síntoma de un problema ontológico mayor: ¿qué es un poeta y qué es la creación?, ¿cuáles son los buenos poemas y cuáles son los elementos que nos permiten llamarlos contemporáneos?, ¿cómo podemos ir en todas direcciones sin sentir que perdemos el rumbo o, mucho peor, que nos estancamos?

No es fácil dar de baja esa dialéctica del enfrentamiento que nos definía cómodamente y que marcó la marcha década tras década, movimiento tras movimiento. Pero «soy esto porque no soy aquello» no funciona tan bien en estos días. Griegos contra troyanos es mucho más que una metáfora, encarna la acción y la reacción que, al menos respecto de lo que nos ocupa, ya sería hora de sacarnos de encima. Hoy, en el marco de la libertad de la que hablábamos, esas dicotomías perdieron su energía vital, cuyo motor era aquella legítima contraposición estética. Y se perdió porque se perdió la dirección obligada que nos rebelaba contra los padres y nos daba, en la misma medida, la tranquilidad de sabernos en el camino correcto.

Esa necesidad de adversarios creemos que encarna los epígonos de una manera de ver el mundo que ya no es suficiente. Por eso, en Ærea, fieles a aquella vocación abierta que declaramos desde el primer número, a fines del siglo pasado, siempre daremos cabida a todas las expresiones, los poetas y los grupos aparentemente más antagónicos.

Porque estamos convencidos de que se inventa y se equivoca al enemigo, en el intento de perpetuar un antagonismo funcional, cuando se construyen amplias y elocuentes argumentaciones contra cosas que se caen por sí solas o cuando se «descubre» que la tensión mayor se genera por los espacios de poder, el viejo y máximo contaminador, como si se tratara de una gran revelación. Entonces, ¿para qué tanto discurso si la mala poesía es simplemente mala poesía y lo fue siempre?, ¿por qué tanta sorpresa ante la institución que maneja los resortes y opera los recursos de «todo lo bueno» que podría pasarle a un poeta? Contra el poder se deberían emplear mejores armas y contra lo que no resiste el análisis no necesitamos tanta artillería.

Si volvemos a la poiesis del principio, al movimiento creador, a la incomodidad y a la pesada responsabilidad que nos acarrea tanto tiempo acumulado en esta historia; también a la independencia y a la libertad hiperbólica (porque ya no hay vuelta atrás), podríamos decir que se trata, como siempre, de apartarse de las regalías de los poderosos (que sin nuestro deseo no tienen nada); de apartarse de la popularidad al alcance la mano (sí, demasiado fácil, demasiado sosa). Entonces: ¿apartarse para ver? Sí, la vieja anacoresis de los clásicos que se reduce, al final, a mejorar el punto de vista y preferir la poesía a los versos.

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